Hay momentos que huelen a historia. Y la pisada de la uva es uno de ellos. Este fin de semana me acerqué al Mendoza Shopping para vivir una nueva edición de esta tradición vendimial que, año tras año, conecta pasado y presente en pleno corazón comercial.

Desde que llegué, el ambiente ya anticipaba fiesta. Música folclórica, copas en alto y ese perfume inconfundible de la uva recién cosechada que lo invade todo. La Playa Este del shopping como ya hace algunos años se transformó en una pequeña postal de vendimia: espacios para estar comodos, degustaciones, las reinas y virreinas agrupadas y un público expectante.

La pisada de la uva tiene algo casi ritual. Ver cómo los participantes se animan a descalzarse y meterse en el lagar es un gesto simple, pero cargado de simbolismo. Es volver a la raíz, a la forma más ancestral de iniciar el proceso del vino. Y en Mendoza, eso no es un detalle menor: es identidad.

Me quedé observando las sonrisas cómplices, las fotos que no paraban de dispararse y los aplausos espontáneos cada vez que comenzaba una nueva tanda. Grandes y chicos participaron con entusiasmo, y el público acompañó como si se tratara de un pequeño acto vendimial anticipado.

Lo que más me gustó fue ese contraste tan nuestro: la tradición vitivinícola instalada en un espacio moderno, urbano y cotidiano, la cultura del vino volvió a recordarnos quiénes somos. Porque la vendimia no sucede solo en los viñedos; también vive en estos encuentros que celebran el trabajo, la cosecha y la alegría compartida.

Me fui con los pies secos, pero con la sensación de haber sido parte de algo profundamente mendocino. La pisada de la uva en Mendoza Shopping no fue solo una actividad simbólica: fue una manera de acercar la tradición a nuevas generaciones, de invitar a tocar, sentir y vivir el vino desde su origen.

Y así, entre risas, música y racimos aplastados, la vendimia empezó a latir un poco más fuerte en la ciudad.