Hay noches que tienen algo distinto. No sabría decir si es la luz, la gente o esa energía que se instala sin pedir permiso. La inauguración de la muestra “Enemigos del otoño”, de Guille Garrido y Mariano Ruffo, fue exactamente eso: una experiencia que se sintió más que se explicó.

Llegué a Casa Vigil con esa mezcla de curiosidad y expectativa que generan las propuestas que prometen romper con lo convencional. Y no defraudó. El espacio, ya de por sí cargado de identidad, se transformó en el escenario perfecto para una muestra que dialoga con el paso del tiempo, la nostalgia y la rebeldía de lo efímero.

Las obras de Garrido y Ruffo no buscan caer bien. Interpelan. Hay una tensión constante entre lo que se ve y lo que se siente. Texturas, colores y formas que parecen estar en conflicto, como si el otoño —esa estación que simboliza el desgaste— fuese aquí un enemigo a vencer, o al menos, a cuestionar.

Recorrer la muestra fue sumergirse en un universo donde cada pieza tiene su propio pulso. Algunas invitan a detenerse, otras incomodan, pero todas tienen algo en común: dejan huella. Y en ese recorrido, también aparece el diálogo entre ambos artistas, que lejos de competir, se potencian.

La noche estuvo acompañada por un público diverso, inquieto, atento. Se respiraba ese clima tan propio de los encuentros culturales genuinos, donde el arte es excusa pero también protagonista absoluto. Copas en mano, conversaciones cruzadas y miradas que volvían una y otra vez a las obras.

Casa Vigil, una vez más, logró convertirse en mucho más que un espacio: fue contenedor, fue atmósfera y fue parte activa de la experiencia.

“Enemigo del otoño” no es solo una muestra. Es una invitación a mirar distinto, a detenerse en lo que muchas veces dejamos pasar. Y, sobre todo, a preguntarnos qué estamos dispuestos a dejar ir… y qué no.