El fin de semana pasado me dejé llevar por el aroma. Sí, literalmente. Apenas llegué al Parque San Vicente en Godoy Cruz, supe que no iba a ser una salida más: el aire estaba cargado de humo de parrillas, especias, cositas ricas y ese murmullo alegre que solo se escucha cuando la comida es la gran protagonista.

Godoy Cruz volvió a demostrar por qué es uno de los polos gastronómicos más fuertes de Mendoza. El festival A Morfar no fue solo un paseo para comer rico: fue un punto de encuentro. Familias enteras con reposeras, grupos de amigos brindando con cerveza artesanal en mano, parejas compartiendo un sándwich XXL como si fuera un ritual.

Caminé entre los food trucks y puestos gastronómicos tratando de decidir por dónde empezar. Spoiler: es imposible elegir bien a la primera. Hamburguesas jugosas, papas cargadas hasta el límite, propuestas veggie, tacos, shawarmas, helados artesanales y postres que parecían salidos de una serie de Netflix. Todo invitaba a probar “solo un poquito más”.

Lo que más me gustó fue el clima. Música en vivo acompañando la tarde, luces que empezaron a encenderse cuando cayó el sol y ese mix perfecto entre festival urbano y reunión de barrio. No había apuro. La consigna era clara: disfrutar.

En cada food truck había emprendedores y cocineros contando su historia, explicando sus recetas, defendiendo su identidad gastronómica. Eso también es A Morfar: ponerle cara y pasión a cada plato.

Cuando la noche avanzó, el predio ya era una verdadera fiesta. La música en vivo copó el lugar, brindis, risas, fotos para Instagram, chicos corriendo, amigos reencontrándose. Me fui con la sensación de haber sido parte de algo más grande que un simple evento gastronómico: una celebración de la cultura local.

A Morfar no es solo ir a comer. Es salir, encontrarse, probar algo nuevo y confirmar que en Mendoza sabemos muy bien cómo convertir la comida en experiencia.

Y sí… ya estoy esperando la próxima edición.